Perdida la esperanza / Perdida la ilusión
Los problemas continúan / Sin hallarse solución

Nuestras vidas se consumen / El cerebro se destruye
Nuestros cuerpos caen rendidos / Como una maldición

Eskorbuto “Cerebros destruidos”, 1985

 

No es asombroso que el cuerpo, el sacrificado de nuestra cultura, regrese, con la violencia de lo reprimido, a la escena de su exclusión. [...] El cuerpo regresa en el momento de crítica, de vacilación de una cultura empeñada durante milenios, en ocultarlo.

Severo Sarduy: "La simulación", 1982

 

Odian nuestro cuerpo y nos lo hacen odiar; de hecho, no lo odian sino que nos odian a nosotros, pero no con un odio personalizado sino con un odio genérico e impersonal; incluso no hace falta que nos odien si consiguen que nos odiemos a nosotros mismos y entremos en una dinámica de búsqueda compulsiva de sustitutos a nuestro frágil yo.

Mi trabajo siempre ha estado ligado a la politización de la propia vida. Mi obra más reciente se centra en el propio cuerpo para politizarlo desde dentro. El Cuerpo pasa de ser objeto a ser sujeto; el Yo pasa de dirigir a recibir la acción. Con este desplazamiento del punto de vista de la acción pretendo conseguir una desalienación del cuerpo. Al hacer público lo privado lo convertimos en ejemplar -que no ejemplarizante- porque es una vivencia compartida aunque ocultada. En lugar de los conceptos de público y privado me remito a los de intimidad y exhibición (o de desvelamiento, de quitarse el velo).

Esta serie reflexiona sobre las prioridades de cada uno, para ver hasta que punto la hiperactividad que caracteriza a nuestra época no esconde en muchos casos una falta de empatía, un aislamiento insuperable, una separación. Aparecen temas relacionados con otras vivencias del cuerpo como el dolor, la enfermedad o la crítica a la masculinidad hegemónica. En todos los casos, nos encontramos en el campo de batalla de nuestro cuerpo frente al poder.

En nuestra cultura el reencuentro con el cuerpo se ha hecho a menudo a través de la agresión -al propio cuerpo o al de los otros-, lo que refleja la alienación respecto a nuestros cuerpos. El recurso al dolor no es en este caso una prueba de resistencia, sino un reflejo del dolor que hay detrás de cada uno, porque existe y es real. Somos responsables de nuestros actos, pero no somos responsables de nuestro dolor. Considero importante reflexionar sobre lo que comporta responsabilizar o culpabilizar del dolor a quien lo sufre, porque este hecho tiene una intención y unos resultados políticos. Resulta difícil trasladar a los demás la vivencia nítida y permanente del dolor ajeno y para muchos es casi imposible entender esta realidad. El dolor es natural, pero ¿es siempre inevitable? La cercanía es, a menudo, la frontera más difícil de atravesar.